EL JINETE

Fabián Corral B.

 

Hombre enjuto, pausado, sereno en los ademanes, parco en el decir. Vestido a la usanza de la vieja equitación campera. Usa chaqueta y sombrero de ala corta. Sus botas revelan el uso frecuente de las espuelas, están marcadas por el caballo.

 

Me recibe como un viejo amigo, en su quinta en las afueras de Cuenca, junto al río. Y lo hace con un calor y una camaradería, que rompen distancias y recelos. Su casa, de pronto, se me revela como mía y sus cosas adquieren una extraña familiaridad. Me parece conocerlo desde hace años.

 

Hablando de cosas comunes, me lleva al monturero. Un cuarto sencillo, nítido, iluminado por el sol de la mañana. Las monturas enfiladas en orden escrupuloso, tienen ese encanto particular que les da el tiempo. Sus aperos ostentan la belleza del uso y el ciudado. Las espuelas limpias, brillantes; los ternos de riendas, uno para cada caballo, cuelgan de herrajes empotrados.

 

Me cuenta la historia y el origen de cada apero, identifica al tejedor de cada rienda. Me explica el detalle de cada cosa. Habla con seguridad desprovista de arrogancia y emplea giros y decires casi olvidados por mí. Sus ademanes al manejar los aperos, al ensillar, al montar, me recuerdan a los viejos que me enseñaron lo que sé.

 

Ensilla según las reglas de la chacarería. Monta sin esfuerzo para la edad que tiene. Estriba largo. Toma la rienda con la seguridad de la experiencia, con la delicadeza que nace de su cariño al caballo.

 

Boyacá hace maravillas bajo su mando. Camina sin perder el compás del paso y exhibe todo el fondo de la raza. Es un criollo, un braceador majestuoso de esos que se veía antes en los caminos del campo. El jinete y su caballo toman la carretera y, a lo lejos, se escucha el taconeo de la ambladura. Les veo irse luciendo las galas del braceo.

 

El jinete se apea y me pide que monte. La montura me acomoda como si fuese propia. La finura de la boca del caballo, la exactitud de sus giros, la delicia de su andar, me dicen que es un caballo hecho por jinete entendido en la escuela antigua, de esos que recibieron los secretos de la equitación del campo, de los que amansaron potros con cariño y con paciencia, de los que guardan la tradición que se pierde.

 

Le escucho hablar de las cosas de la tierra. Le miro entusiasmarse transmitiendo su experiencia, averiguando por nuestros usos y dichos "norteños". Cuando le pregunto detalles sobre el manejo de sus caballos, me escucha con atención; sabe callar cuando corresponde y deja que la conversación enraíce entre nosotros.

 

Al despedirse, me entrega una fotografía de su caballo Boyacá. Le extiendo la mano y me la aprieta con la suya, firme, sincera, áspera por el campo y por los años. Me parece la mano de otros jinetes y amigos que ya no están.

 

Me voy con la alegría de saber que aún quedan chacareros auténticos, de esos de antes.

 

 

Cuenca, 7 de julio de 1995.